La inesperada amistad entre dos mujeres que cambió el mundo (e hizo posible el nacimiento de la píldora anticonceptiva)

En el siglo XX, la brillantez y la insensatez de nuestra civilización chocaron para producir unos de los mayores dilemas morales que la humanidad ha enfrentado.

Durante tres años, Robert Oppenheimer lideró una misión de alto secreto para poner fin a la guerra más mortal en la historia mundial.

Pero para lograrlo, su equipo creó un arma que amenazaba con acabar con la vida humana en la tierra.

Por otro lado, la democracia enfrentó a dos grandes enemigos: el comunismo y el fascismo.

Sus líderes creyeron que si se deshacían de los indeseables, conseguirían vivir en un paraíso. Pero terminaron creando infiernos.

No obstante, también se ganaron nuevas libertades.

Mientras en Europa estaba surgiendo una ideología que marcaría el siglo, el nazismo, en Estados Unidos las mujeres luchaban en una batalla muy diferente.

Habían ganado el derecho al voto en 1920, y ahora había llegado la hora para una nueva forma de política: la política sexual.

Una de dos

Margaret Sanger era una mujer menuda pelirroja y radical que trabajaba en los barrios humildes de Nueva York.

Su nombre quizás no es tan conocido como merecería serlo, pues hizo más para moldear el mundo de hoy en día que muchos políticos.

A principios del siglo XX, Manhattan era una isla dividida.

Lo que se conoce como la zona del Uptown era libertino, descarado y en auge: el lugar más de moda del planeta.

El centro era muy diferente: un lugar tradicionalmente pobre, con edificios abarrotados de nuevos inmigrantes.

En esa parte de la ciudad, las mujeres estaban desesperadas por evitar embarazos no deseados.

Pero solo tenían dos opciones: un aborto peligroso autoinducido o el abortista callejero, que podría ser igual de peligroso.

Vicio, pecado y literatura obscena

Siendo enfermera, Sanger fue testigo de las peores situaciones y concluyó que todas las mujeres deberían tener derecho a una anticoncepción segura.

“Resolví hacer algo para cambiar el destino de esas madres, cuyas miserias eran tan vastas como el cielo”, dijo.

A través de publicaciones, Sanger fue la primera en popularizar el término “control de la natalidad. Sus escritos fueron la semilla del movimiento a favor de la planificación familiar y la conectó con otros activistas.

En esa época los anticonceptivos eran un tabú. Quienes los vendían eran condenados como proveedores de vicio y pecado.

A pesar de ello, Sanger abrió en 1916 la primera clínica de control de natalidad en Estados Unidos en un distrito pobre de Brooklyn.

El día de la inauguración, más de 100 mujeres hicieron cola para pedir ayuda y consejo.

ero los folletos que Sanger distribuía fueron clasificados como literatura obscena, así que nueve días más tarde fue arrestada bajo las férreas leyes contra la obscenidad de EE.UU.

Tras pagar la fianza, retornó a la clínica y continuó atendiendo mujeres hasta que la policía la volvió a detener.

Sanger fue declarada culpable por un juez que sostuvo que las mujeres no tenían “el derecho de copular con un sentimiento de seguridad de que no habría una concepción resultante”.

Acto seguido, le ofreció a la condenada una sentencia más indulgente si prometía no volver a infringir la ley, pero ella respondió: “No puedo respetar la ley tal como existe hoy”.

“Satánico”

La clínica fue clausurada, pero, a pesar de corta existencia, permitió que el movimiento ganara apoyo y atención nacional, dándole a Sanger una plataforma para organizar la primera conferencia de control de la natalidad en EE.UU.

Tuvo lugar en noviembre de 1921, e incluyó discusiones y discursos sobre la moralidad del control de la natalidad, la probabilidad de anticonceptivos confiables, y movimientos de control de la natalidad fuera de EE.UU.

Desafortunadamente, el último día, la conferencia fue suspendida por la policía y Sanger fue encarcelada, a pedido del prominente líder de la arquidiócesis católica en Nueva York, el arzobispo Hayes.

Aunque Sanger a menudo convencía a quienes se oponían a los anticonceptivos de su conveniencia, con la Iglesia Católica no lo logró.

El arzobispo Hayes argumentó:

Tomar la vida después de su inicio es un crimen horrible; pero prevenir la vida humana que el Creador está a punto de hacer realidad es satánico.

En la primera instancia, se mata el cuerpo, mientras el alma vive; en este último, no solo a un cuerpo, sino a un alma inmortal se le niega la existencia en el tiempo y en la eternidad“.

La oposición de la Iglesia Católica llevó a muchos a creer que el control de la natalidad era inmoral, lo que dificultó aún más la aprobación de leyes que favorecieran la diseminación de información y anticonceptivos.

No todo estaba perdido

No obstante, con la ayuda de personas con fortunas privadas que tuvieran suficientes agallas y estuvieran dispuestos a invertir su dinero, podrían contraatacar.

Y Sanger tenía una amiga que cumplía con esos requisitos: una rica heredera estadounidense llamada Katharine McCormick.

Era una dama glamurosa de la alta sociedad a quien le gustaba vestirse a la última moda pero, a diferencia de muchas mujeres de su clase, su padre la había alentado a estudiar.

En 1904 obtuvo una licenciatura en biología del Instituto de Tecnología de Massachusetts. Además, había hecho campaña para conseguir el derecho al voto de las mujeres.

Así los contrabandeaba y en Nueva York se los entregaba a Sanger, quien había abierto una nueva clínica.

Fue una gran victoria, y la activista y la rica rebelde se mantuvieron en contacto.

Años más tarde, McCormick tuvo la posibilidad de hacer mucho más que contrabandear.

Una gran fortuna

Cuando el esposo de McCormick murió en 1947, ella heredó su fortuna: unos US$15 millones.

Tenía 75 años y muchas ganas acumuladas de contribuir a la realización del sueño del control de natalidad.

Sanger le había hablado de su deseo de encontrar un anticonceptivo fácil de usar y a prueba de fallas. Tras décadas, había llegado el momento en el que los científicos creían que podría ser posible.